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Cambia y mejora tus etiquetas

Una de las formas más comunes de ahorrar en el uso del lenguaje es mediante el uso de las etiquetas. Por lo general tendemos a usar etiquetas a la hora de definir a los demás, e incluso a la hora de definirnos a nosotros mismos. Podríamos considerarlo como un hábito al que nos hemos acostumbrado y al que normalmente no damos demasiada importancia. Sin embargo, a lo largo de nuestra vida tendemos a comportarnos, casi sin darnos cuenta, según lo que los demás esperan u opinan de nosotros en base a esas etiquetas. Si desde muy pequeños nuestros padres empiezan a decir que somos tímidos e introvertidos, lo normal es que lo acabemos siendo de mayores. Y si hubieran dicho que éramos sociables y extrovertidos, muy probablemente así seríamos. Es el poder de las etiquetas, tanto las que nos colocan, como de las nos ponemos nosotros mismos. Otras veces ocurre de forma mucho más sutil. Por ejemplo unos padres pueden tener la idea de que el niño debe ser competitivo y trabajador, como su padre, o que la niña debe ser amable y sociable, como su madre. No es algo que dirán claramente a sus hijos, pero si se comportarán con ellos como si se lo hubieran dicho, y muy posiblemente se les quede dicha etiqueta aunque nadie nunca la haya nombrado. Si a un niño sus padres le tratan como si fuera una persona competitiva, probablemente le refuercen conductas competitivas e ignoren otras en las que el niño muestre su deseo a colaborar en lugar de competir, y el niño con bastante probabilidad acabe siendo lo que se espera de él. A veces es útil pararnos a pensar que recuerdos tenemos de la primera vez que nos comportamos como somos. Si somos introvertidos, quizás recordemos alguna situación en que nos comportáramos de manera extrovertida y sociable, ¿qué ocurrió entonces? ¿Alguien cercano a nosotros trató de quitarle importancia? Quizás fuera considerado como una casualidad, una excepción o incluso una extrañeza por alguien que nos "conocía bien", ya que nosotros éramos introvertidos y aquello no encajaba con nuestra forma de ser. Quizás también recordemos alguna vez en que nos mostrásemos introvertidos. ¿Cómo lo recordamos? ¿Alguien cercano a nosotros justificó que mostráramos timidez porque éramos introvertidos? No hay que olvidar nunca la importancia que puede tener para los demás lo que esperamos de ellos, ni tampoco la importancia que puede tener para nosotros lo que esperan los demás. Así que procura esperar lo mejor de los demás, y esfuérzate para que se acostumbren a lo mejor de ti. Germán Diz. Psicólogo y psicoterapeuta.


Germán Diz
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