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Digo una cosa, siento otra

Uno de los aspectos más fascinantes de la comunicación humana es el hecho de que apenas el 20% de la información que nos llega de lo que nos cuenta una persona proviene de la parte verbal, o sea, de lo que nos dice. En cambio, aproximadamente un 80% de la información que nos llega de lo que nos comunica la otra persona proviene de lo no verbal, esto es, de cómo nos lo dice. En otras palabras, nos resulta mucho más importante y enriquecedor no lo que nos dicen, sino como nos lo dicen. Imaginemos que nos ocurre algo que nos preocupa, pero no queremos que nuestros hijos o nuestra pareja se agobien. Lo natural en estos casos es que les digamos que dicho tema no tiene importancia, pero lo cierto es que a nivel no verbal (tono, gestos, postura corporal, etc...) solemos estar enviando un mensaje completamente distinto: no estoy tranquilo. Hemos enviado dos mensajes distintos, casi opuestos a la vez, y ambos han llegado a la otra persona que es la que tiene que decidir a qué mensaje da más importancia. Lógicamente, ante dos mensajes distintos la información que recibirán es “aquí hay algo que no cuadra” Así que al final, diciendo lo contrario de lo que pensábamos, hemos conseguido justo lo contrario de lo que pretendíamos. De pretender que las personas que queremos no se agobiasen, ahora hemos logrado que estén preocupadas, primero porque saben que algo nos preocupa, y segundo porque han entendido que estamos haciendo lo que está en nuestra mano para que no nos preocupemos, lo cual resulta ciertamente desconcertante y hasta puede dar pie a pensar que el problema es mucho mayor de lo que en principio parecía. Así pues, esto debería darnos a pensar que quizás la mejor manera de informar de que algo no nos preocupa, no es decirlo, sino demostrar con nuestras acciones que ciertamente no le damos importancia a lo ocurrido. Por supuesto los gestos, tono de voz, y demás aspectos no verbales tendrán que ir en consonancia con lo que hacemos y decimos, y esto es algo que salvo que seamos actores profesionales, solo podemos lograr si en verdad estamos convencidos de ello. Y si no es así, quizá sea mejor considerar la posibilidad de ser sinceros y expresar que cierto tema nos preocupa, pero que nos preocupa aún más que por informar de dicho tema las personas que tenemos cerca se agobien, dándoles ahora si la oportunidad a las personas que nos quieren, de poder ayudarnos con nuestra verdadera preocupación, que no era el problema inicial, sino la reacción de nuestros seres queridos. Y si logramos ser sinceros en eso, estamos dando también la oportunidad a la gente que tenemos cerca de que puedan ser sinceras con nosotros, y a que ninguno nos guardemos preocupaciones y miedos dentro. Es mucho más sano dejarlos fuera. Germán Diz. Psicólogo y psicoterapeuta.


Germán Diz
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